Salamanca

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Para que el convaleciente pase un poco el rato, le he preparado éste dedicado a algunos lugares de nuestra infancia, al que he añadido unas canciones para animar un poco la cosa. En él incluyo un microrrelato que escribí el año pasado sobre el Teso de San Vicente y otro, dedicado a la Cueva de la Múcheres, con el que contestaba a un blog de un salmantino que hablaba de aquella cueva que conocimos Miguel Angel y yo de niños. Bueno, lo dicho, para que paséis (sobre todo él) un poco el rato.

LA VERDADERA PATRIA DEL HOMBRE ES LA INFANCIA
RAINER MARIA RILKE

SALAMANCA

El cantante salmantino Nino Sánchez, uno de los primeros cantautores españoles de los años 60, puso música hace unos años al poema “Salamanca” de Miguel de Unamuno. Ahí tienes al del Barrio de “Los Pizarrales” cantando a Salamanca y a Unamuno.

EL TESO DE SAN VICENTE

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El primer asentamiento de Salamanca estuvo en el Teso de San Vicente. En este cerro se han encontrado los restos de poblados vacceos de los siglos VI y VII a.d.C. Más tarde, durante el siglo IV a.d.C., los antiguos pobladores de Salamanca se instalaron también en el teso que ahora ocupan las catedrales. Por tanto, se puede decir que Salamanca nació en el Teso de San Vicente, justo en el mismo sitio donde nacimos Miguel Ángel y yo. Indudablemente, no puede haber nadie más salmantino que nosotros.

En este mismo teso estuvo el Monasterio de monjes benedictinos de San Vicente, el más antiguo de la ciudad. Destruido durante la invasión musulmana, fue reconstruido en el siglo doce. El Prior de aquel convento era regidor nato de la ciudad y, cuando acudía en ocasiones solemnes a las reuniones del Concejo, lo hacía recorriendo, a caballo y armado, la calle que llevaba del Monasterio a la Plaza de San Martín (aún no se había construido la Plaza Mayor). Por esa razón, ahora esa calle se llama Calle del Prior. El Monasterio de San Vicente, que llegó a ser el más grande de la ciudad, fue destruido durante la Guerra de la Independencia, al haberse instalado allí las fortalezas francesas que defendían Salamanca del ejercito inglés del Duque de Wellington. Durante esa misma guerra, estalló un polvorín que se encontraba en la Vaguada de La Palma. Aquella explosión destruyó muchas casas y monumentos.

Con algunas piedras del Convento de San Vicente se construyeron durante el siglo XIX las casas del antiguo Barrio de San Vicente. De igual forma, con los restos de las edificaciones destruidas en La Palma, se construyó el antiguo Barrio Chino, así como el Barrio de Los Milagros.
Hoy ya no existe nada de todo esto, pero sí existía cuando nosotros éramos unos niños.

Salamanca nació en un cerro y yo nací en él. Mi casa estaba hecha con piedras de aquel cerro y de los restos de la historia. Durante siglos, aquel teso vio pasar a gentes que venían de sitios lejanos y que hablaban en lenguas extrañas. Algunos se quedaron. Otros se fueron, pero dejaron atrás sus costumbres y, a veces, también las palabras como llamaban a las cosas. El cerro fue atacado y defendido. Allí nació y murió gente de la que no tenemos ningún recuerdo. Sólo sabemos que en aquel lugar hubo, durante muchos años, el convento más grande de la ciudad y que su prior bajaba a la ciudad, en ocasiones solemnes, armado y montado a caballo. Luego aquel convento fue destruido en una guerra y con sus piedras se construyeron muchas casas. También la casa en la que yo nací. Mi abuelo me contaba que, debajo de ella, había una tumba de aquel viejo convento, con una losa de pizarra azul. Ahora mi casa ya tampoco existe. Sólo, debajo de la tierra que acumuló el tiempo, queda una tumba con una losa escrita en la lengua de los que vinieron de tierras lejanas. No sabemos quién está enterrado allí, sólo que hablaba como los antiguos habitantes del teso. Como nosotros.

MI ROMA CHICA
Al autor salmantino Juan Mari Montes compuso la letra y música de esta canción dedicada a Salamanca, titulada “Mi Roma chica”. Canta el argentino Martín Jaku.

LA CUEVA DE LA MÚCHERES

El nombre de esta cueva es muy conocido por los salmantinos. Sin embargo pocos de ellos saben dónde está. Tras convertirse en bar hace ya muchos años, se encuentra actualmente totalmente integrada en el Campus Universitario Miguel de Unamuno. Seguro que la mayor parte de los estudiantes que van allí a diario desconocen su situación y, por supuesto, su historia.

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Yo debo de ser uno de los pocos salmantinos que sabe dónde está la Cueva de La Múcheres y que, además, puede dar alguna información sobre la misma. Hace cerca de cuarenta años que no vivo en Salamanca pero nací allí. A veces bromeo con que no puede haber nadie más salmantino que yo. Y es que si los primeros pobladores de Salamanca vivieron en el Cerro de San Vicente y, por tanto, podemos decir que Salamanca nació en ese Teso, yo nací donde nació Salamanca. Concretamente en lo que entonces se llamaba Calle 1ª de San Vicente y ahora, creo, simplemente San Vicente.

Mis juegos infantiles transcurrieron en esa calle y en el antiguo Colegio de Guadalupe, ya derruido como la casa donde yo nací. Más de una vez, jugando al fútbol en su campo de tierra y tras un formidable chut a puerta, se nos cayó el balón al Paseo de San Vicente y de allí, botando, a La Chopera. Los más audaces bajaban por una torrentera que había en un trozo derruido del lienzo de la muralla, justo en la curva del Paseo, los más miedosos dábamos toda la vuelta a la calle, doblábamos a la izquierda el Portillo de San Vicente y bajábamos por el Prado Rico, para recuperar el balón. Ah, íbamos corriendo porque mientras volvíamos el partido estaba interrumpido por falta de un balón de repuesto. Menudo peregrinaje por una mísera pelota de goma. Eran otros tiempos.

A veces, ampliábamos nuestras correrías y, atravesando el antiguo colector que discurría al aire libre y olía como es de suponer, nos íbamos a La Chopera e, incluso, hasta la Cueva de la Múcheres. Por entonces, como te explico más abajo, estaba habitada y era frecuente que, desde el río, viéramos en lo alto salir el humo de la hoguera que sus inquilinos hacían a la entrada de la misma.

Yo no conocí a La Múcheres, pero mi madre sí. Ella, que ahora tiene 93 años pero que conserva intacta su memoria, me ha contado algunas veces que esa mujer fue una indigente que tuvo varios hijos (uno fue limpiabotas y hasta hace pocos años ejerció su oficio en la cafetería Las Torres de la Plaza Mayor). Por lo visto, La Múcheres tenía la cara quemada y estaba casada con un borrachín. Ella, parece ser, que también le daba al vino. Según cuenta mi madre, en una ocasión vio como unos gamberros del Barrio de San Vicente la persiguieron totalmente desnuda mientras se mofaban de ella. Como ves, poesía había poca por aquel lugar.

Yo a los que sí recuerdo muy bien es a los inquilinos que habitaban la cueva en mi infancia. Eran una pareja singular. Él, que por entonces podía tener unos 50 años, era un tipo mal encarado que pedía limosna por las calles del barrio. Ella, que andaría por los veintitantos, también mendigaba aunque no recuerdo que lo hiciera de puerta en puerta como lo hacía su pareja. Cuando mis amigos y yo nos aventurábamos cerca de la cueva, si los moradores estaban allí nos echaban a cajas destempladas. En el verano solían tener encendida una lumbre en la que hacían la comida en una pequeña explanada que había frente a la entrada, por la que atravesaba un camino que, por un lado, iba hasta el arroyo que nacía en la Fuente de la Zagalona y, por el otro, al llamado Prado Rico (donde están ahora el Clínico y el Ambulatorio).

Cuando la cueva estaba vacía, nos asomábamos para ver el interior. Allí sólo había unos míseros jergones extendidos en el suelo. Tal como se ve en la foto, tanto las piedras del interior como las del exterior tenían un color rojizo ya que, según nos contaban los mayores, esas peñas contenían mineral de hierro. Recuerdo muy bien aquel lugar, el olor a miseria que salía de la cueva y el sabor del agua sosa que manaba abundante de la Fuente de la Cagalona (nosotros nunca oímos llamarla Zagalona, su verdadero nombre).

FUENTE DE LA ZAGALONA

He encontrado estas fotos no muy buenas de la antigua fuente de La Cagalona, como la llamábamos. En la de la izquierda se ve al fondo la fuente y unas mesas de piedra que había en el lugar, en primer plano se ve el arroyo que nacía de la fuente y que iba al río. En la foto de la derecha hay unas personas, que por lo visto adecentaron un poco aquello, merendando en una de esas mesas.

En este lugar está ahora el ISPE de los Maristas, creo que es un seminario de formación de profesores. La fuente fue captada para uso de ese Centro y de ella se aprovechan ahora los aspirantes a profesores religiosos de pijos salmantinos.

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HABLAN LAS ESTATUAS
Juan Mari Montes también compuso también la letra y música de esta otra canción dedicada a Salamanca, titulada “Hablan las estatuas”. Canta Marcos Peral.

FONSECA
Aunque no me gustan ni la tuna ni los tunos, para despedirme, en esta entrada dedicada a Salamanca, quizás nada mejor que esta canción cantada por la Tuna de Derecho de Salamanca.

Adiós, hasta otro día. Y que siga la mejoría.

EL TREN DE LAS NUBES

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Hasta hace siete años, el ferrocarril El Callao-Lima-Huancayo era el más alto del mundo. Ahora lo es el que une China con el Tíbet, pero éste no tiene ni la tradición ni el encanto del antiguo ferrocarril peruano. El tren central andino, también llamado “el tren de las nubes”, comienza su itinerario en el puerto de El Callao y llega a alcanzar una cota máxima de 4.830 metros de altitud en los Andes Centrales. Por allí por donde sólo vuela el cóndor.

El cóndor pasa

Leo Rojas

 

         El tren central andino comienza su viaje en la ciudad del Callao, en la costa del Pacífico. La línea férrea circula, paralela al Rímac, hasta su primera parada, en la capital Lima. El Rímac es un río de aguas turbulentas que nace también en la cordillera andina y que se desborda con frecuencia, dejando en el recuerdo de los peruanos desgracias frecuentes:

Aguas del Río Rímac

Picaflor de los Andes

 

         Los ingenieros que construyeron esta línea férrea escogieron la garganta del río Rímac porque era la más accesible y la que presentaba menores problemas técnicos. Se cuenta que Henry Mideggs, el ingeniero norteamericano que finalmente llevó a cabo los trabajos, llegó a decir “colocare rieles allí donde caminan las llamas”. La primera piedra se colocó, donde ahora se encuentra la estación de Montserrate de Lima, en el mes de enero de 1870. Construida la línea en varios tramos, treinta y ocho años después de ser colocada la primera piedra el tren llegó por primera vez al final de su trayecto, en la ciudad de Huancayo.

Tras dejar atrás La Oroya, estación donde acababa el primer tramo construido, el tren de las nubes abandona la compañía del Rímac y sigue por el Valle del río Mantaro. Este río nace en el Lago Junín, en la cordillera central andina, punto final del viaje. Estamos ya en la tierra de los antiguos huancas, los indios creadores del idioma quechua que más tarde hablarían los incas y que ahora hablan 10 millones de personas en varios países sudamericanos.

El Gran Cañon de Huatuscalle

Río Mantaro

         El tren de las nubes, circula por el centro del Valle del Mantaro entre antiguas ciudades que evocan la conquista española. Camino de la ciudad de Cuzco, capital del imperio inca, Francisco de Pizarro, impresionado por el Valle del Mantaro, fundó allí la ciudad de Jauja, primera capital del Perú español, antes de que unos años después se estableciera en la Ciudad de los Reyes, la actual Lima, la capital del Virreinato del Perú. Jauja, en la época de la conquista, era una pequeña ciudad en la que los incas habían acumulado una gran cantidad de riquezas. Seguramente por esta razón Pizarro bautizó así a esa ciudad. La leyenda de Jauja es muy antigua y proviene al menos de la Edad Media. El escritor romano Petrus Nobilio, ya describió en el siglo XVI un país donde los ríos eran de leche y miel y los patos volaban ya asados. Mi abuelo materno me hablaba de pequeño de aquel País de Jauja, un lugar fabuloso del que seguramente el maestro le habló en la escuela.

Ciudad de Jauja

Documental

         Quizás hoy no nos demos cuenta, pero qué diferente debía de ser la vida en España antes de la conquista americana. Los pobres campesinos extremeños, andaluces o castellanos, comerían por entonces algún mendrugo de pan y con suerte un trozo de tocino o algún huevo frito, naturalmente sin patatas. Sí, sin patatas. Ellos no conocían ese alimento tan barato y popular. Las patatas son originarias precisamente de esos lugares que recorre el tren de las nubes. La misma palabra patata es de origen quechua. Así la bautizaron los huancas y así la conocen ahora, con ligeros variantes, en muchos países del mundo. Nuestros antepasados nunca  pudieron hacer una ensalada de tomate, probar una taza de chocolate o fumarse un puro. Eso eran cosas de los indios americanos. La patata, la humilde y socorrida patata nació por primera vez allí: en la tierra de los valientes huancas, donde ahora están las provincias peruanas de Jauja y Concepción.

Santiago de Comas

Provincia de Concepción

         El tren central andino, tras recorrer 490 kilómetros, rinde viaje en Huancayo, la capital de los Huancas. La parte más alta de este ferrocarril peruano fue construida primordialmente por obreros chinos. Huancayo es el antiguo “Pueblo de Indios”, en la terminología española de la época, que fue bautizada por Pizarro como Santísima Trinidad de Huancayo. Doscientos sesenta y seis años después, en 1820, se proclamó en esa ciudad la independencia del Perú de la Corona Española. Tras esta proclamación, 5.000 nativos huancas, criollos y mestizos, se enfrentaron a las fuerzas realistas españolas que contaban con caballería y artillería. La mayoría de los huancaínos murieron. En su menoría, Huancayo se llama desde entonces la ciudad incontrastable (la “que no se puede vencer o conquistar”). Esta es ahora la ciudad de Huancayo:

 

Huancayo

Capital del Distrito de Junín

 

         Si habéis llegado leyendo hasta aquí, supongo que estaríais encantados de hacer un viaje en el viejo tren de las nubes. Podemos hacerlo, aunque sea de forma virtual, viendo este documental con la ventaja de que no tendremos que sufrir el mal de altura o soroche, debido a la falta de oxigeno producida por la disminución de la presión atmosférica, como consecuencia de la altitud por la que discurre este tren de leyenda ahora convertido en un tren turístico, con un trayecto mensual.

Tren Central Andino

“El Tren de las Nubes”

Documental

         En España no tenemos un tren igual. El más parecido circuló durante cien años entre España y Portugal. Mi abuelo paterno fue maquinista durante algún tiempo de aquel tren, que hacía el recorrido Fuente de San Esteban-La Fregeneda- Barça d’Alva y, ya en Portugal, finalizaba en Pocinho. Fue construido con financiación portuguesa (incluyendo el tramo español hasta La Fregeneda), para unir Oporto con Salamanca. Más tarde, el tramo español fue adquirido por la Compañía de los Ferrocarriles del Oeste de España, de la que mi abuelo fue empleado, hasta su integración en RENFE. Fue un ferrocarril que, como el peruano, debió de vencer muchos problemas técnicos: pendientes del 2,1% y 20 túneles y 12 puentes metálicos en apenas 17 kilómetros. Bueno, pues tanto esfuerzo y dinero para nada. Inaugurado en 1887, casi cien años después, el 30 de septiembre de 1984 el gobierno “socialista” de Felipe González, en el que había figuras tan señeras de la izquierda española como el Ministro de Economía Miguel Boyer, el Luis de Guindos de entonces, echó el candado a 900 kilómetros de ferrocarriles españoles y, entre otros, al legendario ferrocarril de La Fregeneda a Barca de Alba. El “moderno” Felipe González al que tanto debe la izquierda española y la provincia de Salamanca, entre otras, construyó a cambio el AVE Madrid Sevilla para que Alfonso Guerra fuera cómodo a ver los toros. En ocasiones se ha hablado de la reconstrucción de la vieja línea ferroviaria de La Fregeneda y su puesta en servicio como tren turístico. Jamás se hará: los portugueses no tienen un euro ni nosotros tampoco y además, en nuestro caso, a la mayoría le importa un pito. Esto es lo que queda de ese viejo ferrocarril del que os hablo:

Ferrocarril La Fregeneda – Barca d’Alva

 

         Me despido de vosotros con mis amigos portugueses de La Beira Alta. Desde el cierre de la línea de ferrocarril La Fregeneda-Barca de Alba, las regiones de Los Arribes del Duero, en la parte española, y la Beira Alta, en la portuguesa, quedaron aún más aisladas, si esto fuera posible. Siempre de espaldas, siempre pobres y olvidadas. Allí, en la Beira Alta portuguesa, a menos de cien kilómetros en línea recta de Lumbrales (Salamanca), separado por una orografía infernal, está Cêto, un pequeño pueblo de la Sierra de Montemuro, cuyos habitantes cantan antiguos y alegres cantares en la bella lengua de Camoens y Fernando Pessoa:

E Tao Linda a Minha Terra

Cêtos de Montemuro

Comenzamos viajando a los Andes Centrales peruanos y acabamos en la Sierra de Montemuro, en la Beira Alta portuguesa.

 

Adiós, hasta otro día.

DOS POETAS OLVIDADOS

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Si preguntáramos hoy, incluso a los aficionados a la poesía, quiénes fueron Pedro Garfias y Francisco Vighi, pocos, si es que hubiera alguno, sabrían contestar. Ambos vivieron en la misma época y tuvieron cosas en común. Los dos formaron parte durante un tiempo de la vanguardia literaria española del ultraísmo. Francisco Vighi fue un “bon vivant” y por tanto entusiasta de la buena mesa y mejor bebida. Garfias bebió mucho más que Vighi y murió alcoholizado. Ambos también tienen en común haber escrito un poema, en el que cantan a las “excelencias” de una o todas las regiones españolas. Estas son sus historias y sus poemas:

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PEDRO GARFIAS

Pedro Garfias nació en Salamanca por azar en 1901. Su infancia y juventud las vivió en Sevilla y Córdoba. Él se sintió toda su vida andaluz y, además, ejerció como tal. En 1918 se trasladó a Madrid para estudiar Derecho, carrera que nunca acabó. Lo que sí hizo fue convertirse en un personaje de la bohemia madrileña. Poeta de la vanguardia, fue uno de los firmantes del Manifiesto Ultraísta y, unos años después, de la revista Horizonte donde publicaron Alberti y García Lorca. En 1923 volvió a Andalucía, donde trabajó como recaudador de contribuciones en varios pueblos de Sevilla y Córdoba. Ya en la República, ingresó en el partido comunista y durante la Guerra Civil ejerció en varios frentes como comisario político, recitando a los soldados versos como estos:

 

“Madrid y Bajo la metralla”
Pedro Garfias

Acabada la guerra, pasó a Francia y más tarde a Inglaterra, allí se convirtió en un alcohólico. Garfias vivió unos meses, en 1939, en un pueblecito inglés llamado Eaton Hasting. Allí escribió los poemas que constituirían su primer libro del exilio: “Primavera en Eaton Hasting”, que lleva como subtítulo: “Poema bucólico con intermedios de llanto”. En aquel pueblo vivió en el castillo de un lord. Contaba Pablo Neruda que: “Garfias iba cada día a la taberna del condado y silenciosamente, pues no hablaba el inglés, sino apenas un español gitano que yo mismo no le entendía, bebía melancólicamente su solitaria cerveza… Cada noche Garfias era acogido por el tabernero, solitario como él, sin mujer y sin familia. Poco a poco sus lenguas se desataron. Garfias le contaba toda la guerra de España, con interjecciones, con juramentos, con imprecaciones muy andaluzas. El tabernero lo escuchaba en religioso silencio, sin entender naturalmente una sola palabra… Cuando Garfias hubo de partir para México se despidieron bebiendo y hablando, abrazándose y llorando. La emoción que los unía era la separación de sus soledades”.

En junio de 1939 llegó exiliado a Veracruz. Entró en México por el mismo lugar que lo hizo Hernán Cortés y en ese país vivió 28 años. A partir de su llegada, comenzó una vida errabunda de bohemia y pobreza por todas las ciudades de México. Siempre siguió siendo andaluz, pero seguro que se sintió bien en aquel país del que el fundador del surrealismo, André Bretón, dijo que era un país realmente surrealista. ¿Os imagináis a un coro universitario cantando un pasodoble en una universidad? Algo tan surrealista sólo puede ocurrir en México. Ahí tenéis al coro de la Universidad de Veracruz cantando, en la sede universitaria veracruzana, un alegre pasodoble compuesto por su paisano Agustín Lara, dedicado a un torero mexicano: Silverio Pérez.

“Silverio Pérez”
Coro Universidad de Veracruz

Por un casualidad del destino, Garfias, que había nacido por azar en Salamanca, fue a morir a otro ciudad fundada también por un noble ligado a Salamanca: la mexicana Monterrey, en el Estado de Nuevo León. Allí, en el norte de México, vivió, mejor cabría decir bebió, sus últimos años de vida. Sobrevivió dando recitales y conferencias. Con una memoria prodigiosa, que no pudo matar el alcohol, subsistió recitando sus poemas. Viejo juglar errante, con su torpe andar, arrastró hasta su muerte un cuerpo lleno de dolores. Garfias fue reconocido en México y tiene una estatua en Monterrey, la ciudad donde murió trasterrado de su Andalucía el 9 de agosto de 1967. Tenía entonces 66 años pero parecía que tenía muchísimos más. En España es alguien totalmente olvidado. En México no. En la ciudad de Monterrey, la Sultana del Norte, Pedro Garfias se quedó para siempre:

Corrido de Monterrey
Lalo Mora

He dicho que Pedro Garfias es totalmente desconocido para nosotros, pero esto no es totalmente cierto. Hace ya muchos años, Víctor Manuel compuso una canción que adquirió gran popularidad y cuya letra es un poema de Garfias. El cantante cuenta así su proceso de creación: En mi primer viaje a México, a finales de 1970, fui agasajado muchas veces por mis paisanos. En uno de estos encuentros, en el restaurante El Hórreo de la familia Tomás, a los postres, llegó el turno de palabras y se levantó Luis Roca Albornoz que había sido [durante la Segunda República] consejero de Hacienda en el Gobierno de Asturias y León. Tras una breve introducción pasó a leer un poema de un autor para mí desconocido llamado Pedro Garfias, muy querido entre los exiliados republicanos. El poema me estremeció desde las primeras líneas, y cuando Luis acabó su lectura yo tenía un nudo en la garganta. Me dio el poema y al cabo de un rato, ya en la habitación de mi hotel, agarré la guitarra y le puse música.(…) No recuerdo cuándo la canté por vez primera, supongo que sería a finales del 73. Prohibieron grabarla en disco y anduve cantándola en vivo. La prohibían porque decían que no podía decirse “millones de puños gritan”, lo demás no parecía importarles, seguramente no sabían de qué hablaba. Autorizaron la primera grabación en el 76 para un concierto en vivo que hice en el Teatro Monumental de Madrid, pero la canción empieza a descubrirla la gente a partir de otra grabación del año 83.

Aquel poema se convirtió en una canción y casi en un himno pero ¿cuántos de los que la han oído, e incluso la cantan con Víctor Manuel, saben quién fue el autor de la letra? Supongo que muy pocos. Garfias, tan andaluz, es el autor de lo que para muchos es el segundo, y para algunos el primero, himno de Asturias. Qué cosas tienen los regionalismos. El que para muchos es sentimentalmente el himno de una región del norte, lo escribió un poeta que era sentimentalmente, rabiosamente, del sur.

Asturias
Víctor Manuel

FRANCISCO VIGHI

Francisco Vighi fue un poeta muy diferente a Pedro Garfias. Aunque uno y otro formaron parte, durante un tiempo de la vanguardia poética ultraísta, su trayectoria vital nada tuvo que ver con la del poeta andaluz.

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Francisco Vighi nació en Madrid el 1 de febrero de 1890. Era, pues, once años mayor de Garfias. Cuando apenas tenía dos años, su padre, que era un ingeniero de ferrocarriles de origen italiano, murió en un accidente ferroviario y su madre volvió a Palencia, donde había conocido a su marido, con sus tres hijos. Allí, en Palencia, el poeta vivió su infancia y su adolescencia. Si Garfias se sentía andaluz, Vighi se sentía palentino que no es exactamente sentirse castellano. Él odiaba Valladolid, con toda la razón, como yo, ja, ja, ja.

Antes de nada, hay que decir que Vighi fue toda su vida un tipo simpático y divertido, amante de la buena comida y bebida. Un tipo gracioso, en el buen sentido. Se cuenta una anécdota según la cual en una ocasión le expulsaron de clase por hacer un chiste. El profesor había preguntado, a un chico que no conocía, si era un alumno libre. Paco Ghili se puso en pie y comenzó a declamar: “sí, libre, libre como los pájaros, libre como las mariposas que tejen su seda sobre las flores, libre…” Su madre, que se enteró, le echó una bronca de órdago y él le dijo muy convencido: “A un chiste oportuno hay que sacrificar la carrera, el porvenir, lo que sea… la vida misma incluso”. No se tomaba la vida muy en serio. Tampoco sus versos, ni siquiera a él mismo. Decía en unos de sus versos “¡Soy gordo y epigramático, no puedes tomarme en serio!”.

En su infancia en Palencia tuvo un amigo de colegio que, pasado el tiempo, sería famoso: Ramón Gómez de la Serna. Más tarde lo volvería a encontrar en Madrid, donde le ayudó a fundar la “Tertulia de Pombo”, aquella que hiciera famosa el cuadro de Solana. Antes, Paco Vighi había sido asiduo de otra tertulia a la que acudía Valle Inclán. Vighi llamaba tío al gallego y éste siempre se refirió a aquél como “mi querido sobrino”, aunque ambos no tuvieran el más remoto vínculo familiar. Unamuno también quería mucho a Paco Vighi. Decía Gómez de la Serna en uno de sus libros que “el pastor viejo de Castilla [Unamuno] saludaba en él [Vighi] al pastor joven”. Gómez de la Serna también dejó escrito de nuestro poeta que paseaba “por el Madrid nocturno junto al pintor Solana, cantando vaqueiras y asturianas que conmueven a los serenos” y, supongo, desvelarían a los vecinos. Y es que Vighi cantaba muy bien y fue también músico e, incluso, ejerció la crítica musical. También fue director de ocarinas de la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid donde estudió la carrera, que “sólo” tardó en acabar dieciséis años. Paco recibía alborozado a los estudiantes de primero y los despedía seis años después igualmente contento. Él, mientras, seguía allí curso tras curso. Concluida la carrera, y eso porque se echó novia y ésta quería casarse, fue más tarde profesor en la misma Escuela de Ingenieros. Seguro que él conocía mejor que nadie aquella casa.

Cuando estalló la Guerra Civil, Vighi trabajaba como ingeniero industrial en RENFE. Su amistad con Azaña, Ortega y Gasset o Unamuno le pasó factura y le hizo sospechoso a ojos de los falangistas que trataron de detenerlo en Palencia. Su suegro, una persona muy influyente en la ciudad, le salvó. Sin embargo siguió siendo acosado hasta que el General Mola, que conocía su don de gentes, lo llamó a Valladolid para protegerle, aun a costa de permanecer en prisión. Muerto Mola, y tras un año de presidio, la familia del “preso personal del general” movió sus contactos para que lo reclamara Queipo de Llano en Sevilla, en “pago” a un favor que Vighi le había hecho en París. Allí, en Sevilla, ya no fue a la cárcel sino que consiguió un empleo. Más tarde fue Ingeniero Municipal y Director de la Sociedad Malagueña de Ciencias. Genio y figura, se hizo célebre en Málaga por su simpatía hasta que en 1947 volvió a Madrid. Allí murió en 1962.

Hace unos años, Javier Marías lo rescató del olvido (al menos para mí) cuando publicó en “El País Semanal” un artículo, en su columna “El país que perdió el humor”, en el que decía “nos guste o no, todas las palabras pueden resultar peyorativas, dependen del uso que se haga de ellas y del tono en que se pronuncien. Todos entendemos lo que –en principio- se quiere decir cuando se califica a alguien de “muy catalán” (tacaño), o de “muy madrileño” (chulo y farruco), o de “muy andaluz” (vivales y dado a las triquiñuelas), o de “muy valenciano” (ostentoso y estridente), o de “muy aragonés” (terco). Estas acepciones serán todo lo injustas que quieran, y podría desearse que no existieran en el futuro, pero aún persisten y no cabe borrarlas ni aún menos prohibirlas de un plumazo. No está en nuestra mano impedir que los demás nos vean como se les antoje, y eso es lo que los españoles de hoy no parecen comprender ni aceptar. Yo les recomiendo que lean el poema de Francisco Vighi “Regionalismo (Canción patriótica)”, en el que ya en 1920 se burlaba a la vez de estos estereotipos y –ojo- de quienes se soliviantan por ellos. Que suelen ser quienes los mantienen vivos, dicho sea de paso.

Francisco Vighí escribió este poema hace muchos años, porque supongo que, como yo ahora, estaba hasta los cojones de tanta esencia y tanta boina (castellana o vasca) o barretina, da igual.

REGIONALISMO
(Canción patriótica)
Poema dedicado al escritor José María Salaverría
Año 1920
Francisco Vighi

Para que te exaltes, castellano,
hombre seco, hombre de tierra.
Para que me odies, catalán,
más fenicio que de Grecia;
y tú, manchego retardado,
cazurro de alma plebeya;
isleño cursi y rastacuero,
balear ladrón, hijo de chueta;
leonés rencoroso y zafio;
montañés vano, hombre de cera;
y tú, aragonés que llamas
a la bestialidad franqueza;
para que me mates, levantino,
simulador de arte y de belleza;
vasco hipócrita y ambicioso,
insúltame con tu pobre lengua;
asturiano traidor y falso;
gallego llorón, y sin vértebras;
murciano sucio, feo y torpe;
extremeño de las cavernas;
madrileño que de Real orden
eres tonto por dentro y por fuera.
Yo os desprecio, os maldigo y os odio,
gentes cobardes de mi tierra.
Y para ti, andaluz idiota,
¡culebra!, ¡culebra!, ¡culebra!

Pues eso. ¿Qué? ¿Qué os ha parecido el “poema patriótico” de Vighi? ¿Cómo os ha quedado el cuerpo? Lo escribió hace casi cien años pero como si lo hubiera escrito ayer. Los poetas y los economistas siempre nos señalan el camino. Ahora mismo, con esto de la crisis, ¿qué se puede hacer? Poco, la verdad. A mí sólo se me ocurre jugar a la primitiva, que es una forma de mirar al futuro. Vosotros, los que no vivís en Cataluña, sólo podéis hacer eso. Pero nosotros, los que vivimos aquí, no. También podemos hacernos independentistas y soñar con un mañana diferente que está ahí al lado, mañana mismamente.

Cuando lleguemos a la tierra prometida con nuestras banderas “esteladas”, seguiremos sin un euro, eso sí, pero anda que no nos lo vamos a pasar bien todo el día bailando sardanas y haciendo castellets. Vosotros no. Vosotros os vais a quedar ahí, al otro lado de la frontera, con el Borbón tonto que anda cayéndose todo el día y con el triste de Mariano Mireusted. Nosotros no. Nosotros tenemos al economista Artur Mas, que anda con paso firme y nos señala con gesto enérgico el camino del Canigó unas veces y otras, según venga el aire, la de Montserrat (nuestras montañas sagradas, que tenemos dos, no como otros).

Moisés bajó del Sinaí con las tablas de la ley para conducir a su pueblo a Israel. Artur Mas bajó de Bonanova-Mitre con Jordi Pujol (nosotros de todo tenemos siempre dos) para conducirnos a Bruxelles solos, sin vosotros, que nos salís muy caros. A Artur Mas, el nostre president, como podéis comprobar en los telediarios, se le va poniendo cada día más cara de estatua. Vale, no la esculpirá Miguel Angel como el Moisés de Roma, pero él se conforma con que Subirachs le esculpa su careto en bronce y lo coloquen en la Plaza Cataluña con un rótulo que diga “Primer President de la República Catalana”. Y es que no tendremos calés pero tenemos otras cosas. Ya, seguro que diréis, bueno, no vais a tener gitanos ¿entonces Peret qué es? Pues no, ahí está el hecho diferencial. En la nostra llengua “calés” es dinero, “leuros” que decís vosotros en la meseta y aledaños.

¿Que qué tenemos nosotros que no tengáis vosotros? Muchas cosas. Para empezar tuvimos a Copito de Nieve y aunque no lo pudimos clonar, porque entonces la cosa de la clonación de gorilas no estaba muy avanzada, tenemos a toda la descendencia de gorilos y gorilas que dejó en tierra catalana. Así que cualquier día damos una sorpresa al mundo y nos nace un gorila todo blanco o, como mínimo, gris marengo. También tenemos a Messi que, para que lo sepáis, va a tener un hijo dentro de nada. Y seguro que el niño sale como el padre y ya tenemos recambio para el Barça. Y si, dios no lo quiera,  el niño nos sale un tuercebotas clonamos al padre, que seguro que pronto se puede hacer. ¿Os imagináis a Messi hablando catalán? Vosotros diréis que os da igual porque hable lo que hable no le entendéis, pero yo lloro solo de pensarlo. Y no sigo diciéndoos cosas que tenemos para que no me llaméis presumido.

Sí, ya sé, que diréis: bueno, vete tú a saber. A lo mejor el Artur Mas ese se rila (que diría un gitano de los vuestros). Da igual, lo tenemos todo pensado y ahí tenemos a Guardiola esperando en Nueva York. Si nos falla el Tito Vilanova en el Barça, llamamos a Pep. Y si nos falla el Artur en la Generalitat, también llamamos a Pep. ¿Os imagináis a Guardiola de President? Ya le veo dirigiéndonos la palabra en Navidad en plan moderno, no como vosotros con el Borbón que está más pasado que las radiocasetes. Seguro que Pep lucirá barba de una semana y un traje “moda casual” de Antonio Miro. Y no esperéis que ponga detrás una fotografía de la Virgen de Montserrat. No. Seguro que nos sorprende, por ejemplo, con una de Lluis Llach. ¿Qué no os acordáis de él? Sí, hombre, sí, aquel cantautor que hacía unas canciones muy divertidas, tan divertidas como es él. Si hasta en eso somos diferentes. ¿Vosotros a quién tenéis así en plan representativo en la cosa de la canción? ¿A Manolo Escobar? Bah, un tío cutre y machista que cantaba no te pongas la minifalda que luego la gente mira pa´rriba y quiere ver tus rodillas. Pues el nuestro, el Lluis Llach, además de mucho más divertido que el Escobar ese, es un tipo moderno e intelectual. Fijaos si es moderno que es homosexual y es tan intelectual que se sabe de memoria, como Guardiola, las obras completas de Martí i Pol (un poeta de aquí que vosotros no conocéis, cosas nuestras). Sí, ya sé, que vosotros tenéis a Boris Izaguirre que también tiene dos plumas y con una escribe. Pero ese es venezolano como Hugo Chávez, no de Girona como Dalí y el Llach. Que no hay color, vamos. Ah, y también tenemos a Carmen de Mairena.

Pues nada, ahora, aquí, mientras perdemos a chorros lo que tanto sufrimiento y tanta sangre costó conseguir, nosotros, como si tal cosa, cantando aquello del “Eusko gudiarak” o “Els segadors” o:

“Soy Español”
Coro Mixto de Reclutas

Adiós, hasta otro día.